La coleccionista

Compartimos durante tres años y dos meses, cuarenta y siete metros cuadrados sin gatos ni perros. Manteníamos más sexo que conversaciones, se nos daba mejor el intercambio ardiente que la plática, asumo que fue la razón única para mantenernos juntos tanto tiempo.

Ella, antropóloga. Nos conocimos en la universidad e intimamos pocos años después de dejar la academia. No era una mujer bella, pero contaba con un “no se qué”, un encanto natural o sex appeal, siempre ataviada con su vestimenta clásica, de porte imponente, de mirada sincera. Es de esas mujeres que jamás pasan desapercibidas.

Acompañada por sus mínimos lentes de carey, se dedicaba constantemente a la observación, y fiel, como ninguna, al método científico, anotaba todos los acontecimientos posibles, todos. Tenía un afán y una capacidad enorme. Me imagino que debe haber acumulado una cantidad importante de libretas de treinta páginas, escritas por ambas hojas y de un solo color por año, con la fecha escrita en marcador negro. Escribía a lápiz, una página cada final de día, antes de dormir. Pensé, sin darle mucha importancia, que era un delirio de la vida, un hobby.

Recientemente, en una librería parisina, me tropecé con un best seller titulado “La Coleccionista”. Para mi sorpresa, reconocí el nombre de la autora, abrí y vi su foto en la solapa, acaricié la foto con el dedo pulgar y sonreí. Sí, esa sonrisa que me delata. Sentí mucho placer. Pagué, tomé mi libro y fui a sentarme a un parque cercano, abrí la primera página y leí la dedicatoria “A los mejores polvos” y reí nuevamente. Era un compendio erótico, una tesis, un diario, una biografía, pero era sobre todo, una mujer amiga y conocida hablando de sexo.

Extracto del capítulo 17:

“Él era de pocas palabras, de buena cocina, le gustaba el orden más no la limpieza, sin placer por lo cotidiano, le aburrían las modas, de gustos eclécticos, tanto en la música, como en la literatura, en la vestimenta y en el sexo. Intimidaba sin proponérselo, era su arma letal desconocida.

Debo confesar que me volvía loca y sensible durante el primer año, me enamoré, o eso creí en aquel periodo. Eso cambió un día. Me transformé en un ente dependiente, en un antojo, en un polvo urgente, en una fiera hambrienta de su sexo.

Fue un jueves en la tarde de septiembre. Él estaba impartiendo clases en el instituto de publicidad, así que volvería cerca de las 9 de la noche, con ganas de cocinar y hambriento de sexo, supongo que ver a las carajitas de veinte años, vestiditas de adultas lo excitaba. Así que los jueves, era un día que no permitía planes secundarios o paralelos.

Esa tarde arreglando nuestro cuarto y hurgando en sus cosas, me topé con una caja pequeña, rectangular, en madera de pino, la abrí y descubrí una veintena de casetes, cada uno con nombre, lugar y fecha, nombre de mujeres, en orden cronológico conseguí el mío, era fiel, no había ninguna otra cinta que delatara lo contrario. Me llamo la atención una en especial, con el título Los mejores polvos. La intriga y la sospecha se me subió a la cabeza y el cuerpo me comenzó a arder… ¡Tenía que ver esto ya!

Play: lo veo acostado en una cama, sobándose el sexo, pocos segundos después aparece una mujer blanca de pelo corto, de grandes nalgas y tetas medianas, y dice ‘que gordo está’ y él responde ‘es para ti’. Ella se monta sobre él y se lo mete. Forward: una morena se está desvistiendo, se quita el sostén y las pantaletas, tiene pinta de surfista, sin muchas tetas pero de espaldas y caderas amplias. Él entra, la abraza, la besa, la voltea ella se inclina sobre la cama y el la coge efusivamente. Forward: una blanca de buenas curvas, tetona, pelo negro, con medias, pantaletas y sostenes negros, le pide que la azote, él le da con un fuete. Forward: una rubia de grandes tetas y más alta que él, lo chupa durante 15 minutos sin parar, hasta que el acaba en su boca y ella dice ‘este es el mejor jarabe del mundo’. Forward: él le está chupando el culo a una flaca, blanca, tatuada y peinado punk, que mueve el culo de placer. Forward: una trigueña, de buena figura, pelo largo jadea mientras el le da por detrás. La agarra por la cabellera, ella respira y resopla, creo que le mete un dedo por el culo y ella se abraza a la almohada. Me caliento y comienzo a tocarme, a meterme los dedos, uno en el culo y otro a sobarme el clítoris. Fast Forward: y llega mi turno (…)

Esa tarde, en casa de unos amigos habíamos tomado y fumado monte en buenas cantidades, me dejé llevar por mis pasiones y él me siguió el juego, regresamos a casa en cola. Llegamos y estaba demasiado aturdida como para darme cuenta de que él activó una de sus cámaras de vídeo, modo Rec., también estaba suficientemente loca y con ganas de sexo para andar preocupándome por pendejadas.

Me desnudó, yo quería que me hicieran todo, así que lo dejé inspirarse, me tocó las tetas antes de besarme, las tocó y me dibujó remolinos en los pezones, se puso un dedo en la boca, algo de saliva y me humedeció ambos, las agarró y las apretó un poco, cuando abrí la boca para lanzar un lamento que denotaba placer, me clavó un beso y en ese mismo instante su mano fue a parar a mi entrepierna. Lo buscó por un par de segundos y encontró el clítoris bañado en flujo, abrí las piernas y subí las rodillas un poco, no dejé ningún obstáculo para que me tocara de buena gana. Apreté y sé que él lo sintió, porque soltó su sonrisita de placer… Me metió un dedo y fue tan divino que casi me vengo, se incorporó sobre sus rodillas, acercó su pene a mi cara, sin dejar de sacar y meter el dedo, con la otra mano acerco mi cabeza, abrí la boca y comencé a chuparlo, soltó otra risita y lo descubrí embriagado de placer. Me toqué las tetas con una mano y con la otra atrapé su pene, lo apreté, y me di unas cachetaditas con él y me lo volví a meter en la boca, me agarró por la cabellera y me sacudió unas doce veces contra su sexo. Se calmó y se acostó a mi lado, me tomó por las caderas, y en un solo movimiento me monto sobre él. Agarró su pene, yo me abrí y me dejé penetrar. Comencé a moverme lentamente, me agarró por las nalgas, y también las tetas, me veía y me intimidaba y yo me calentaba más. ¡Qué manera tan perra de mirar!… me vine, un largo y silencioso orgasmo, no hago ruido, pero si tiemblo, las piernas se me van y sudo. Lo vi y me pregunto ‘¿te gusto?’, asentí con la cabeza, y le dije ‘quiero más’, se volteó, me volteó y quedó sobre mí. Me agarró por las piernas y las subió un poco y me penetró una vez más. Allí sentí como su pene estaba grueso y caliente. Me pidió que apretara, apreté. Era algo que hacíamos normalmente, tres veces adentro, dos veces afuera y aprieto, lo repetimos diez veces al pie de la letra y me vine una segunda vez.

Se acercó a mi cuello y me preguntó ‘¿qué quieres que te haga?” y respondí “cógeme por el culo”. Me volteó, me acomodó para que mi cara quedara frente a la cámara, me abrió las nalgas y con su lengua fue directo, lo lamió, chupo, beso y escupió en el, metió un dedo, lo recibí con gusto, lo conocía de antes, ese mismo dedo gordo catalizador de coitos. Me escupió una vez más, abrió las nalgas y sentí cómo me penetraba, no me moví, no respiré, no pestañeé, solo sentí como avanzaba lentamente, puedo jurar que sentí las venas de su verga arrasarme cada milímetro, entró la cabeza y él apretó, me agarró las nalgas fuertemente y avanzó un poco más, me permití un ligero movimiento y sonido, arqueé la espalda y solté un ‘ay’ y sentí que sonrío, sí su risa de placer. Me preguntó ‘¿te gusta?’ y cuando abrí mi boca para responder me metió el resto de su pene, comencé a temblar y a sudar, estaba poseída de alguna vaina entre el dolor y placer, era mi primera vez por el culo. Luego, divinamente comencé a sentir pequeñas puntadas, cortas, solo sacaba un poco y regresaba al fondo, me reincorporé al juego y comencé a tocarme. Me dijo “voy a contar hasta diez para que te vengas, voy a acabarte en el culo”‘ y así fue. Al número cantado nos vinimos, él no sonrió, esta vez se fue con gusto y placer, me dio un par de nalgadas y grito ‘¡qué vaina tan divina!’…

Mientras me tocaba viendo el vídeo, me fui un par de veces también, vi la hora, ya estaba por llegar. Apagué todo y lo dejé en orden. Busqué mi libreta de anotaciones, correspondiente a ese día y leí. ‘Fuimos a una fiesta, muy divertida, me duele todo el cuerpo, siento placer, pero también siento algo extraño, no sé qué pasó, el duerme a mi lado, con una cara de macho complacido insoportable, pero no recuerdo nada’.

Regresó del instituto, lo vi de arriba a abajo, se burló de una frase romántica que tenía escrita en la nevera. Me vio, me excité, y me dije ‘qué coño tan perverso y sabroso’. Comenzó a cocinar pasta a la carbonara y decidí no decirle nada sobre los vídeos.

Esa noche, luego de un divino coito a coro, aproveché mientras el dormía para corregir mis notas de aquel día y escribir este”.

Cerré el libro de un golpe. En el parque, la gente a mi alrededor se sorprendió. Lo abrí nuevamente para conseguir el número telefónico de la editorial y me apunté a una conferencia de prensa que sucedería en Barcelona una semana más tarde.

Llegué con mi cámara, no me oculté, pero tampoco me percibió en la sala. Alguien preguntó sobre el capítulo 17 y respondió “¡Divinamente bien!”. Me reí. Sí, mi risa de placer me delató (…) Terminamos en un bar de cavas y luego unos porros en el malecón…

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