Ají Dulce

Los lugares eróticos son eso, lugares comunes, la cocina es uno de esos que se repiten hasta el cansancio. A mí me gustan ambos, tanto cocinar como el sexo, y si se practican en buena lid, uno puede ser la consecuencia o complemento del otro, y viceversa.

Si te gusta la cocina, tienes que ir al mercado, y allí encontrarás mucha gente como tú, que le gusta la cocina y también el sexo, pero además con algunas fantasías culinarias y sexuales fuera de lo común.

Contaba con tres o cuatro horas para hacer las compras y preparar todo. Un levante me había encomendado un ceviche, y eso era un polvo bueno y seguro, así que me fui al mercado viejo, el original de Chacao. En la pescadería había una cola enorme, así que me fui hacer tiempo en otras compras. En el puesto de verduras tropecé con una catira, nueva en el patio. Hacíamos la cola, cuando llegamos frente al vendedor la vi de perfil y ella a mí, nada mal. Pregunto qué cómo se hacía un “soofrrritou” con ese acento… El vendedor y yo reímos. La ayudé a escoger los ingredientes, y me invitó un café por la cortesía. Notó que yo era asiduo al mercado, lo que la hizo sentir bien y entrar en confianza. Hablamos de cocina… Sí, a esta altura el ceviche-polvo había pasado a tercer o cuarto plano. Era danesa y venía por un intercambio profesional, ella quería cocinar unas caraotas y mientras le explicaba la receta, llegamos hasta la entrada de su edificio, le pregunté si tenía hojas de laurel, porque se me había olvidado comprarlas, me dijo que sí y me propuso subir para dármelas.

Vivía sola, no tenía ningún orden europeo, aún las cajas y maletas pululaban por el amplio apartamento, el único espacio que resaltaba en orden, limpieza y equipamiento era la cocina, fui directo. Solté alguna expresión sonora de gusto que ella remató con “¿Te gusta?”, y afirmé con la cabeza.

Desapareció entre las cajas, y a lo lejos escuché el lavabo. Regresó. Se había quitado el suéter, dejando ver un top de tiritas. Se hizo un moño, descubrí un cuello divino y un escote bien estudiado, me ofreció el laurel, acompañado por una bebida refrescante danesa, impronunciable por mí… se rió cuando lo intente. Le pedí el baño, el desorden imperaba acá también, entre los cosméticos y cremas, descubrí un libro de cocina venezolana y un “anal plug”.

Regresé a la cocina, ella había sacado las compras, tome papel y lápiz, anote mi teléfono y mi nombre, lo pronunció y reímos nuevamente. Le escribí la receta para el sofrito y las caraotas, pero le aseguré que era mejor hacerlo a cuatro manos. Ella entendió todo, lo asimilo todo, dejo los labios entre mordidos por unos instantes, curucuteó el techo, abrió la boca y dijo “Ja”. “Sí” en danés. Tomó el teléfono, llamó y en su lengua dijo algo incomprensible para mí, me imagino que anuló algo, yo debería hacer lo propio, pero preferí hacerme el pendejo.

En ese momento escogí de mis compras, tres ajíes dulces, uno pintón anaranjado, uno de color verde oscuro y otro maduro al color rojo. Los lavé con agua fría, los sequé agitando la mano. Ella me veía, la descubrí viéndome, reflejada en el armario metálico de la cocina, pregunté por un cuchillo, me dio uno pequeño, de hoja delgada, fina y flexible. Corte el pintón y más pequeño por la mitad, le saqué las semillas, tome una mitad para mí y la otra se lo puse en la boca, la abrió y aceptó con un pestañeo, mordió lentamente, lo palpó con la lengua, mordió un poco más y trago en dos partes, dijo una vez más “ja”. Sonrojada se pasó la mano por el cuello, había calor en el ambiente. Tomó agua.

El ají rojo lo machuque con una mano contra la madera para cortar, retire las semillas, tome dos hojas de cilantro, algo de sal y lo mezcle con los dedos, deje una pizca de la mezcla entre ellos y le toque los labios, saco la punta de la lengua, afirmó con los ojos, me chupo los dedos, puse más mezcla en las palmas de mis manos, volví a su boca con la mía, la bese, metí las manos entre su escote, le toqué las tetas, y la acaricié. Esparcí la mezcla, y busqué sus pezones con mi boca, con un saltico, se subió a la mesa, le quité la blusa, le seguí chupando las tetas y acariciando su espalda, tenía lunares, le bese algunos y regrese a las tetas, y agregó otro “ja”, subí y la besé. Se soltó el moño y abrió las piernas, echó la espalda hacia atrás, subió su falda, no había pantaletas, apareció su pubis adornado por una una pelusa apenas amarilla, la olí, baje dándole besitos desde la cima hasta los labios, la chupe, mientras ella masticaba el resto del ají dulce rojo. Se incorporó y me agarró por la cabeza para besarme, al mismo tiempo la baje de la mesa y le di la vuelta, ella quedó atrapada entre la mesa y mi cintura, sintió mi pene, y lo acarició con las nalgas.

Agarre el ají verde, el más grande, alargado y en forma de cono, se lo mostré, y suspiro, dejó caer la falda corta, la apartó ligeramente con un pie, abrió las piernas y se inclinó, le acaricie las nalgas con la mano derecha, me chupe el índice izquierdo y se lo hundí en el culo, se lo saqué, le pasé los dedos por la vulva y los humedecí, volví al culo, y le hundí nuevamente el dedo, lo saqué y metí varias veces, más profundo y abriendo espacio cada vez más, aparté la mano izquierda y con la derecha le acaricié el culo con el ají, arqueó la espalda, abrió más las nalgas, le acaricie la cuca y el culo con el ají varias veces, hasta que lo humedeció completamente, saqué de mi bolsillo el “anal plug” y se lo metí, bajó la cabeza y se la agarró con las manos, se mordía las muñecas, se chupaba los dedos, le vi la cara de placer en el reflejo metálico, me bajé el pantalón y le acaricié el sexo con el mío, se lo metí, no me moví, esperé que ella lo hiciera, y comenzó a agitarse entre respiros y golpes a la mesa, le mostré el ají verde, se volteó sorprendida y lo metí en mi boca, lo saboreé lentamente, la volteé otra vez y la penetré, jadeamos, sudamos y nos fuimos juntos, al unísono, temblábamos.

Nos dejamos caer en el piso y me preguntó “¿Sabes hacer asado negro?”…

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