Auto Escuela Rossini

Llegué a Caracas cuando tenía menos de 20 años, en principio a trabajar, mientras esperaba el cupo en la universidad.

Me contrataron como office boy en una compañía agroindustrial, ubicada en el cuarto piso, de la torre B, en el extinto C.C. Altamira, allí mismo donde quedaba el cine y los reputados locales nocturnos Bembén y Flamingo.

En casa, para mantenerme ocupado o alejarme de las malas influencias, me invitaron obligatoriamente a hacer el curso de manejo en la Auto Escuela Rossini. Me parecía fastidioso. Manejaba desde los 14 años -claro, sin permiso- así que me inscribí para cumplir con esa formalidad.

Día 1
Era un martes de febrero, terminé de trabajar a las 4 de la tarde y subí hasta la auto escuela. Llegué con varios minutos de anticipación. Afuera estaban estacionados todos los bólidos VW, con sus cartelitos triangulares en los parachoques delanteros y traseros. Entré a las oficinas, y me senté en la recepción, junto a otros jóvenes para esperar mi turno al volante. Entraban y salían los instructores, todos me triplicaban en edad, y se veían tan entretenidos como mi profesora de catecismo en primaria. Frente a mí estaba sentada una mujer, tal vez de 35 años o más, cabello negro, ojos grandes azabaches, con lentes de montura transparente, tetas naturales de buen tamaño -las detallé inmediatamente, por supuesto-, piel blanca, bajita, pero bien distribuida, se pintaba los labios de rojo carmesí mientras revisaba su agenda. Una voz masculina pasó la lista, uno a uno fuimos saliendo con el instructor asignado.
No tuve suerte, me tocó Tony, el más viejo del team Rossini y, al parecer, el más fastidioso. Una hora a 20 km/h, paseando por las calles más tranquilas de La Floresta, Campo Claro y Chacao… casi que renuncio ese día.

Día 2
Fue el último martes de ese mes. Salí de la oficina sin muchos ánimos de manejo, pronto venían los carnavales y el cuerpo me pedía playa, comparsa y fiesta.

Llegué a tiempo, habían dos o tres personas en recepción, entre ellas, la mujer de treinta y dele… Me sonrió y asentí alegremente. Estaba parada frente a mí, anotando algunas cosas en una mesa alta, vestía jeans apretados, camisa blanca abierta con un top rojo como sus labios. ¡Sorpresa! Me llamó por mi nombre y me dijo, “guapo, te sacaste la lotería, Tony está de vacaciones y yo soy quien lo remplaza”. No me imaginaba que era instructora de manejo, reí y ella también, tenía un tono de voz agradable y hablaba lentamente, como profesora de idiomas.

Salimos por el carro, ella tenía ventaja y tomó el de color blanco, el mejor de la escuadra, el nuevo y con máquina 1600. Dimos un par de vueltas, subimos por Los Palos Grandes, hasta la última trasversal; en una subida me obligó a frenar y arrancar suavemente, a la tercera vez me felicitó. Bajamos hasta la Francisco Fajardo no había casi nada de tráfico, bajamos hasta el Parque del Este, entramos al estacionamiento y me pidió que me estacionara, una vez de frente, otra vez retrocediendo y otra lateralmente entre dos carros, me dijo que estaba bien, pero que podría ser mejor. Estando estacionados descubro su olor dulce, usaba un perfume apenas perceptible, se recogió la cabellera y sacó una carpeta, pelé el ojo y era una lista de preguntas, también aproveché para ver de nuevo la tetas, y me pilló. Me hizo un par de preguntas, a las que contesté muy mal. Me dijo que en práctica sobresaliente, pero que en teoría regular y tomó nota. Y me dijo que regresáramos a la autoescuela. Llegamos y en el estacionamiento me propuso hacer un par de cursos en pleno carnaval, que Caracas se vaciaba, y que en vez de una hora haríamos dos horas por curso. No lo pensé, dije sí. Algo presentí. Ella como que tenía un plan.
En la noche llamé a los panas para decirles que no me esperarán en Choroní, que lo sentía mucho, pero tenía algunas obligaciones pendientes.

Día 3
Viernes en la mañana, llegue 10 minutos antes de la cita, entré y ella estaba esperándome, no había nadie en la oficina. Me saludó mientras terminaba su café. La vi detenidamente, vestía falda azul claro a media pierna, se le veía un culito redondo bello, camisa anaranjada ajustada, cabello recogido y mocasines de cuero, salimos en búsqueda del escarabajo blanco y arrancamos dirección Los Dos Caminos, luego Sebucán, subimos y agarramos por la Cota Mil, con las ventanas abiertas, se soltó el moño. Antes de darme una instrucción, me apretaba el muslo con su mano izquierda, me veía mientras hablaba. Llegamos a La Florida, bajamos a Plaza Venezuela y encontramos una comparsa carnestolendas, carrozas, bailes, música en vivo, disfraces y mucho papelillo. En un momento la cacé meneándose en el auto, vacilándose la música, y tarareaba. Logramos escabullirnos por la Libertador, llegamos a Altamira, ya habíamos terminado las dos horas. Nos vimos y nos encogimos de hombros. Al despedirnos me agarró por una mano, y me dijo “guapo, mañana a la misma hora”, dije que sí, pero que si no tenía nada que hacer después, podría aprovechar el carro para llevar algunas cosas a Santa Mónica. Aceptó.

Día 4
Llegué con unos minutos de retraso. Salí tarde y cargando algunas cosas para mis hermanas que vivían en Santa Mónica. Ella estaba una vez más anotando en su carpeta, me dio los buenos días, y me dijo que iríamos hasta La Rinconada y al regreso pasábamos por Santa Mónica, estaba otra vez de falda, esta vez de color caqui, notablemente más corta, con tacones medianos. Se le veían las piernas fuertes, de músculos tersos, top azul oscuro y chaqueta de jean. Arrancamos por la autopista y llegamos en menos de 30 minutos. Era un desierto, no había nadie.

Ella se bajó, se quitó la chaqueta y me dijo que fuera hasta el fondo del estacionamiento. Me daba órdenes con las manos y yo obedecía, el sol estaba inclemente y luego de 25 minutos, me pidió que regresara, le dije “no” con la mano. Mientras caminaba hacia mí puso las manos en la cintura e hizo la mímica de molesta. Retrocedí varias veces y a la quinta paré el auto, bajé rápidamente, le abrí la puerta haciendo el gentleman, y justo cuando pasó a mi lado la atajé por la cintura, le di la vuelta y le clavé un beso. La tomé por sorpresa pero no se negó, me abrazó y siguió el juego. Le apreté la cintura y la traje hacia mí, me rodeó con su pierna derecha, se la acaricié, también las nalgas, la espalda. En un momento me empujó un poco, nos separamos, nos vimos fijamente, agarramos aire y nos seguimos besando, me alborotó la cabellera, bajó por mi espalda, se paseó por el pecho… Escuchamos un auto, ella dijo vámonos, nos montamos y arrancamos, íbamos despacio, volteé a mirarla, estaba encendida, con los ojos brillantes, me vio y se pasó la mano por el cuello, trago saliva y dijo “es muy rico”.

Entramos a la autopista, cambié a cuarta, y aproveché para dejar mi mano entre sus piernas, las abrió, la acaricié al principio por encima de la pantaleta, luego más allá, estaba húmeda, la tenía a medio pelo, suave, lisa, con los labios pequeños, se estiró y me pidió que la masturbara allí, ¡Ya! Obedecí como buen alumno, me chupé los dedos y fui suave, ella subió la pierna derecha y fui más adentro, se agarraba de la butaca y se estiraba, nos pasó un autobús y nos corneteó. No nos importó nada. Seguimos. Cuando pasamos la entrada de Los Próceres, ella puso la butaca en posición horizontal, se bajó el top, y le vi las tetas bellas, redondas, de pezones pequeños y rosados, se las acaricié, sonrió, a la altura de Santa Mónica volví a mi labor, gimió cuando le metí los dos dedos, se tocó las tetas, se pasó los dedos por la boca, por el cuello, me vio, sonrió nuevamente, comenzó a temblar y se vino, soltó un sonido de placer, que venía desde la garganta. Respiró, se arregló la falda y el top, puso la butaca en posición normal. La miré, nos dimos un beso y se acomodó junto a mí.

Recuperé la vía para ir a Santa Mónica, dejé los paquetes, y seguimos. Yo conocía unos parajes en Colinas de Bello Monte bien simpáticos para seguir nuestra fiesta automovilística. Le comenté y aceptó, estábamos cerca de superar las dos horas de curso, así que ¡plomo!

Llegamos al mirador, un día claro, con azul cielo caraqueño puro, el Ávila imponente. Nos besamos nuevamente, inmediatamente le toque las tetas, se las apreté y acaricié, ella me abrió el pantalón, lo tocó, lo palpó, y lo sacó con cuidado, y comenzó a masturbarme. Con su mano derecha jugaba con él y con la izquierda me acariciaba el pecho, la cara, tenía un ritmo suave, y lo trataba con placer, estaba erguido, creo que desde hace rato, y ella se alegró por eso, me vio, me picó un ojo, se acomodó la cabellera y fue por él, lo besó, le pasó la lengua alrededor del glande, lo olfateó, lo volvió a besar y lamer, hasta que se lo metió en la boca completamente, lo dejó allí un rato, y lo fue sacando con pequeños movimientos laterales, repitió esto tres veces, hizo una pausa de besitos a la cabeza hinchada por la presión, me vio y me preguntó si me gustaba, no pude responderle, sólo afirmé con los ojos y ella siguió, fui hasta sus nalgas, me hice paso entre la corta falda y el hilo, hasta lograr meterle un dedo en el culo, lo recibió con placer, sus labios se lo comentaron a mi verga. Con la otra mano la atrapé por el moño, la apreté contra mi sexo, fui hasta lo más profundo de su boca, se zafó, respiró, y la traje nuevamente hacia mi pene. Ella lo recibió con placer, repetimos el movimiento hasta que estaba cerca, se lo sacó, lo tomó con las manos, siguió el movimiento hasta acabarle en la cara, grité de placer, era la primera vez que lo hacía así y era divino, también era primera vez con una mujer demás de 30, una experta. Se quitó los lentes y lamió el semen que había sobre los cristales, se lo tragó todo, me estiré y quedé viendo el techo del escarabajo, ¡uffff! No había nada que decir, sólo disfrutar ese instante. Se antojó de mi pecho y la recibí cariñosamente. Pasaron algunos minutos, vio el reloj y saltó “¡Coño las tres de la tarde!” salimos volando, ella manejaba, íbamos a mil, dirección Altamira. En la carrera me explicó que tenía que buscar a su abuela a la peluquería. Me dejó al frente de la Torre Británica, dijo que me llamaría esta noche al 28409… y salió disparada.
No llamó.

Día 5, 6, y 7
Me levanté, hice memoria de lo que había pasado el día anterior y reí, ninguno de mis amigos me creería esa historia, reí más y fui por café. Me senté en la entrada de la casa en shorts y sin franela. Estaba solo y Caracas también. Era domingo, nadie atendería el teléfono en la Rossini…  Pensé en largarme a Choroní. Subí al cuarto y comencé a empacar dos tonterías playeras… sonó el timbre de la casa, me asomé y era ella, en shorts con pinta playera, y una sonrisa de oreja a oreja, tenía mi billetera en sus manos, me acerqué para abrir, y le confesé que no me había dado cuenta, le di las gracias.

Me vio unos segundos sin decir nada, revisó en su consciencia, y preguntó por mi disponibilidad en las próximas 72 horas… subí a su auto, un Fiat Brava rojo, motor 2000 CC, con un carburador dos bocas y headers, llegamos a una casa en Chirere, solos los dos, me dijo que pertenecía a su padre. Entramos, ella prendió luces y ventiladores, puso música, vio que había en la nevera, y vino por mí, yo serví un par de tragos. Vi las fotos de familia y descubrí a Tony, el profe de la autoescuela, me dijo que no sólo era instructor, también era el dueño de la Rossini, de esa casa y por ende su padre.

Me preguntó si tenía un deseo sexual en particular, le dije que prefería dejarlo al azar, y así fue, nos desnudamos, nos acariciamos de pie, apenas moviéndonos, fue lento. Ese momento ya nos lo habíamos imaginado en nuestras fantasías. La tomé por la cintura, la ayudé a subirse al bar de la cocina, se acostó y abrió sus piernas para mí, le lamí la cuca lentamente, se la besé y luego chupé, jugué con mi lengua, ella disfrutaba. La escuché ronronear, y a veces la sentí temblar.

Ahora era mi turno, se bajó y me subí al bar yo, el pene erguido y ella feliz, de una se lo tragó primero, luego se lo paso por la cara, y se dió golpecitos en sin cara con el, siguió chupando un rato, y no aguantamos más, me bajé y la acomodé en el sofá, volteada con sus dos manos en la parte alta del mueble y sus rodillas en los cojines inferiores, el culito redondo era una ofrenda, le besé las nalgas, se las acaricié, la mordí, meneó la caballera, paró el culo, me acerqué a su cuello, le dije que me volvía loco y conté: “uno, dos y tres”, apretó la cuca y la penetré sin delicadeza, se arqueó, sonreí y gemimos, con la mano izquierda la atrapé por la cadera, y con la derecha la cabellera, ella se tocaba con una y con la otra mantenía el equilibrio, me pidió que le diera con todo, y así fue, estaba muy cerca y ella lo adivinó, apretó más fuerte su cuca, y grito “¡dame toda tu leche ya!”, se volteó y le acabé en las tetas, grité de placer… pasamos tres días encerrados, sexo, y más nada que eso. Cuando subíamos hacia Caracas, recordé haberme ido unas doce veces, y ella al parecer seis más que yo.

Día cualquiera
Regresaba del trabajo, habían pasado dos meses ya. Entré a la licorería, compré dos tercios y bajé caminando hacia la casa, cuando caminaba por el parque Aruflo, un escarabajo blanco me corneteó, me reí y negué con la cabeza. Escuché su voz “Guapo, ¿lo llevo a dar una vuelta?”. Subí.

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