Cuéntame una historia

No te conocía, pero sabía quien eras, nos habíamos cruzado en ese mismo bar varias veces. Esa noche te encontré buscando quien te diera fiesta, y me conseguiste en la barra, sin gente, sin llorones, ni rocolas, yo solo quería algo de diversión extra, sin imperativos ni compromisos, ni cuaimas nocturnas.

Te vi meneando las caderas, apenas y suavemente, como para decir “aquí estoy disponible”, semi desnuda, semi borracha, hambrienta de sexo, me imagine que juntabas tus muñecas y pedías que te las amarrara, que querías ser mi esclava por esa noche, que te diera nalgadas y por donde mejor me pareciera. Pero preferí volver a la realidad, “déjalo así” me dije.

Pedí un tercio. Recordé una sesión de fotos que había hecho días atrás con unas amigas de la universidad para una materia optativa. Trabajamos al fondo del bar, se trataba de una foto novela de veinte fotos y yo era el “galán” del asunto, maluco y desaliñado. Me reí recordando y te diste cuenta, te acercaste y preguntaste de qué me reía, me reí aún más por tu pregunta sincera y sorpresiva, negué con la cabeza, no me creíste, me diste un par de cachetaditas suaves en la mejilla izquierda, te acercaste más y susurraste al oído derecho “cuéntame una historia“. Pare de reírme, hice memoria, junte la sesión de fotos con lo que imaginé de ella hace unos instantes, y me lancé.

Hace dos semanas unas amigas de la universidad me propusieron hacer un trabajo final aquí, querían hacer una foto novela, dije que sí sin pensarlo, eran mis amigas. El equipo estaba conformado por cuatro: la fotógrafa, dos mujeres y yo, todos conocidos y amigos de buena data.

Le hice -sin muchos detalles- la sinopsis e idea general de la foto sesión, y ella se instaló bien junto a mí, pidió algo para picar y me invito a seguir. Seguí, la novela fotográfica: comenzaba en una mesa, en la cual había una pareja de mujeres sentadas, fumando y tomando, un hombre invita a bailar solo a una de ellas, ambas niegan, otro hombre pasa para invitarles un trago y nada, un tercero les canta y nada. Aparece un cuarto, -le digo “el galán” apuntándome con el dedo-, se acerca a la mesa de las chicas y dice algo. Luego las chicas se ven y levantan los hombros, el hombre incluye dos sillas más en la mesa, y se sienta, hace que espera a alguien, ve el reloj insistentemente, una de las chicas le habla, él ve el reloj y hace gestos de no saber nada… la noche continúa, se ven alegres los tres, hablan y hay más tragos en la mesa. Las miradas se hacen más intensas, una de las chicas desaparece, al baño tal vez, el hombre con su pierna derecha roza la pierna izquierda de la chica, ella acepta y espera por más, ahora la pierna es acariciada por la mano del hombre, ella se deleita, y su cara es un ardor… la otra mujer regresa a la mesa.

Mi presa está atenta a la historia, pide dos cervezas, la miro mientras hablo, ella me observa detenidamente, está muy bien, cabellera rizada, tez blanca pero bronceada, ojos claros, algunas pecas en el pecho, estatura media, tetas naturales, boca carnosa, ojos claros y divertida, ocurrente, elocuente y caliente.

En la mesa fotogénica, la mujer que recién se incorpora nota algo, ahora es ella quien se acomoda dejando al hombre en el medio de las dos y sin perder tiempo le mete una mano directo entre las piernas, palpa el sexo y todos se miran detenidamente.

La atenta oyente suelta sin querer e interrumpiendo relato esta frase: “Cuanto más sucio lo hagas, más me gusta”. Río, y ella se da cuenta de lo que ha dicho, es su deseo, sus ganas afloran. Se sonroja. Apura un sorbo de cerveza y agrega “es que soy demasiada puta”.

El trío desaparece, la mesa queda sola, es la imagen final de la foto novela, la mesa sin nadie, sólo unos vasos vacíos. Fin.

Terminé, un sorbo de cerveza tibia y la miro fríamente, me ve candente, veo en sus ojos la película que viene, cine continuado y sabroso, está desbaratadamente excitada, se baja del taburete me agarra de la mano y me arrastra hasta los baños, prefiere el más lejano de mujeres, entramos, se da cachetadas en la cara y me dice “cógeme”. Me saco la correa, le ato las manos en la espalda, se asusta, y le digo “quédate quieta”, le subo la falda, le arranco las pantaletas, le beso el cuello y le toco las nalgas, la acaricio lentamente, se relaja, veo su cara en el espejo y ella me pica un ojo, y voy por ella, la penetro suave y lentamente… está húmeda, sudada y caliente, su cuca fogosa. Y grita “¡dame coño!!!” Le tapó la boca y le doy con todo, diez puntadas fuertes, veinte certeras, diez mas…

Nos desvanecimos, las piernas se nos fueron, respiramos.

Pagamos y salimos corriendo del local, fuimos a rematar en un bar de mala muerte de Chacao. Algunas semanas más tarde la descubro en las páginas sociales, vestida de blanco, rodeada de la crema caraqueña, muy seria, casándose con un locutor de radio.

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