Déjà rêve

Finalmente llegué al apartamento: mucho tráfico, mucha gente en la calle. Tenía dos horas de retraso, había perdido una cita con una chica y, para remate, tenía que escribir algo urgente para Urbe. Prendí la radio, era mayo y el sol calentaba el barrio. Revisé mis notas, no tenía nada, nada inspirado. Abrí la nevera y quedaba solo una Polarcita, me refresqué y encendí la iMac, a teclear. NADA, no salía nada. Llamé a la chica para disculparme y su mamá respondió y, luego del interrogatorio acostumbrado, me aseguró que no estaba en casa.

Me eché en el sofá para cerrar los ojos un rato. Soñé que la chica embarcada me hacía la paja y se lo metía en la boca, estábamos en un carro, estacionados, era de noche, y ella me miraba firmemente, mientras se lo tragaba hasta el fondo, estábamos disfrutando, gozando…

Dos días después nos topamos sin querer en la entrada del cine Radio City, en Plaza Venezuela, martes clásico y continuado. Le pedí disculpas, en vano. Pasaban Heavy Metal, divino. A la salida nos topamos otra vez, ella andaba con su grupete y yo caminaba hacia Sabana Grande para tomarme una birra, me alcanzó y se acercó a mi mesa. Blanca, pelo negro largo, ojos negros, saltones y brillantes, boca carmesí y un lunar negro que la adornaba, se aseguró que el escote mostrara sus dos bellas tetas sin sostén, vestidito ligero, piernas y nalgas esbeltas, carnosa, sabrosa, tropicalmente divertida. La invité sin rodeos, ya estaba allí instalada, ni modo. Le conté que había soñado con ella, pero no como la soñé. Aceptó mis disculpas y una cerveza también.

Un par de birras, cuentos, risas, y le dije que tenía que pasar a la oficina del semanario para dejar un trabajo. Me acompañó, en el ascensor nos dimos unos besos, nos acariciamos y hasta nos rozamos cuerpo a cuerpo, ella estaba ardiente y yo con ganas.

Entramos, no había nadie en la oficina, dejé la carpeta sobre el escritorio de la jefa de redacción, nos dimos otros besos, pero paré y le dije que había cámaras de seguridad. Reímos y salimos del edificio, bajamos al parking para buscar el R5. Ella me dijo que en casa de uno del grupete había unos tragos, que si quería pasáramos por allá, así que enfilamos dirección Cumbres de Curumo. Compré cervezas y una carterita de brandy Chemineaud. Subimos, había media docena de sus conocidos.

Allí comprendí que ese apartamento era el centro social del grupo, sus alrededores y allegados, sin padres ni representantes, pura crema. Así que a beber y, sobre todo, intentar tirarme a la chica del lunar y escote tropical pronunciado.

Una hora más tarde, se acabaron las cervezas y una pareja arrancó, se notaba que iban por algo urgente. Me serví un primer vasito de Chemineaud, los pocos que quedaban arrugaron, solo ella quiso probar, le agradó, hizo gesto de acalorada, se pasó una mano por el cuello que bajó a propósito hasta el escote, me pilló, la vi, reímos y, sin mucho preámbulo, nos paramos, atravesamos una puerta batiente que nos llevó a la cocina, nos instalamos a solas, con el vasito de brandy que iba y venía haciendo efecto afrodisíaco, nos frotamos uno contra el otro, un traguito, nos acariciamos, le agarré las tetas con ganas, otro traguito, la atrapé por las caderas, le di la vuelta y la puse contra el fregadero, le besé el cuello, me saqué el güevo y la guié para que me lo acariciara, primero con sus manos, luego le subí la falda un poco, después con sus nalgas. De un tiro le bajé las pantaletas, estaba mojada totalmente, y yo erecto, le abrí las piernas con las mías, la penetré primero con la cabeza tres veces, se estiró y movió la melena negra, tres veces más la cabeza, y dijo: «anda-me-te-me-lo». Otra vez por las caderas, reí de placer en su cuello y fui hasta el fondo con todo: una, dos, tres, cuatro y cinco veces sin parar hasta adentro, le temblaban las piernas, se agachó un poco para que le diera con más ganas, sentir más, acoplarse mejor, así fue, cinco puntadas más, coño, y escuchamos unos pasos que venían hacia la cocina. Nos separamos, guardé el sexo, recogí las pantaletas y, como si nada, volvimos al brandy, un traguito.

Alguien entró a la cocina para saber si todo bien… Sí, muy bien. Claro.

Ya era hora de irse, así que nos despedimos de los dos que quedaban, ella me acompañó al carro. Allí sentados nos tomamos el último traguito. Abrí el cierre, lo saqué, aún estaba erguido, lo adorné con sus pantaletas, le dije que lo chupara, ni lo pensó, solo miró para ver si no había nadie por allí en el parking del edificio, comenzó con unos besitos en el glande, después se lo metía y chupaba, pajita y otra vez para adentro, ella sin pantaletas, le acariciaba la cuca, y la penetraba con los dedos de la mano derecha, con la mano izquierda la ayudé con el ritmo oral. Recordé el sueño, era esto, sonreí.

Seguimos allí, ella tragándose mi sexo y yo tocándole el suyo, estábamos disfrutando, gozándonos. Ella abrió las piernas un poco más y comenzó a gemir, se vino con griticos entrecortados y respirando fuerte por la nariz, claro, tenía la boca ocupada, así que siguió, me vio fijamente y allí me vine en su cara. Su rostro blanco de labios carmesí se llenó de semen pegajoso, respiré profundamente, y mientras esparcía la leche por su piel le di las gracias al brandy.

Recordé el sueño otra vez, y claro, había conexión: Un Déjà rêvé en francés como el brandy.

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