Llegué del trabajo, el día había estado rudo y largo. Me serví una copita de Pampero, lo tomé de un solo sorbo para alejar las malas energías, sacudí la cabeza, sonreí viendo el techo y dije en voz alta: «Esta noche te portas bien, pedazo e’loco». No tenía nada previsto para ese viernes caraqueño, que se perfilaba tranquilo y sin aventuras, así que ducha, hamburguesa de Don Pepe y al sobre…
Mientras me duchaba ella dejó un mensaje en la contestadora: «Hola, es Gigi, esta noche hay concierto, ¿vamos?». Sonreí otra vez, otro roncito, batí la cabeza, me dije: «No, no, no…». Digamos que no lo pensé mucho, la llamé y cuadramos.
La primera vez que tuve sexo anal fue esa noche y con ella, una flaca tetona, catira, un poco más alta que yo, loca y atrevida. Se reía de todo y eso siempre me ha gustado. Ella de clase alta y familia de un reputado político… La pasé buscando en mi súper Escarabajo del 65, con butacas en imitación de cuero e’vaca, dados felpudos en el retrovisor, luz de neón azul al interior, cauchos bajitos y anchos, tubo de escape con resonador. Me paré dos cuadras más abajo, como de costumbre y acordado. Llamé por teléfono público monedero, repicó dos veces, colgué, arranqué raudo, llegué en unos minutos a su quinta de La Alta Florida, apagué las luces y encendí un cachito. Esperé diez minutos y apareció por la puerta del garaje, vestida en minifalda, chaqueta de jean y mocasines Dr. Martens. Se acercó a la ventana para estamparme un jamón, dio la vueltica brincando alegre y se montó. Sin prender el motor nos deslizamos en silencio por las calles vacías del vecindario. Prendimos un par de Belmont y una chicharra para matizar.
Nos besamos como locos mientras nos metíamos mano en cada semáforo. Seguimos hasta Los Dos Caminos para ir a un concierto de Dermis Tatú. Entramos, besos y saludos con los asiduos. Comenzó el concierto y la descarga brutal, estaban estrenando temas. Perdí de vista a la rubia, se había escapado con sus amigas… Se acabó el concierto y ella no apareció. Como a las dos de la mañana me entró filo. Fui a parar con un par de malas juntas al Naturista, pedí un tercio y una reina, vimos a Kalimán y Only Richard repartirse las ganancias en la acera del frente. Terminé de comer y beber, los panas también. Pedí cuatro latas para viaje, me despedí, todos iban a dormir. Caminé hacia el carro… ¡Plop! Ella estaba allí, tipo casual, fresca y sonriente, esperándome sentada en el borde del VW. Puso el dedo pulgar como para pedir cola. No reí, me picó un ojo y se montó, se acurrucó junto a mí y me dijo: «Lo siento, tenía que arreglar un problema entre chicas».
Arrancamos. Decidí ir directo a su casa y dejarla sin preguntarle. No hablé, en silencio, solo sonaba la radio mientras rodábamos por la Cota Mil. Con gesto exagerado apagó la música, me vio como si fuera a matarme y de un jalón se sacó las pantaletas y las lanzó por la ventana. Toqué la corneta como loco, explotamos de risas, y comencé a tocarla, a penetrarla con el índice de la mano derecha. Ella me besaba el cuello, me acariciaba el pene, me mostró las tetas y sacó el culo por la ventana, y gritó con todo: «¡A tirar, que el mundo se va a acabar!».
Llegamos al frente de su casa y nos deslizamos al interior del garaje, de esas casas de los 70 con garaje y puertica para el servicio. Pasamos por el estrecho corredor y nos acomodamos junto al enorme Ford LTD blanco familiar. Una tenue luz de neón nos bañaba apenas. Seguimos en nuestro apogeo. Me recosté a la nave y ella me bajó el pantalón e interior, se lo metió en la boca, lo besó, se lo pasó por la cara y se lo metió en la boca nuevamente. La agarré por la cabellera y la ayudé con el ritmo. Paró, me vio desde abajo y le hice señas de que viniera. Le arranqué la camisa, le chupé las tetas, le bajé la falda, le di la vuelta y ella ahora estaba de frente al auto. Abrió las piernas, paró el culo, me agaché y se lo devoré a besos, le metí la lengua en el ano y disfrutó temblando.
Me repuse, la agarré por la cintura, mi pene duro y erguido quería cogerla. Ella se recostó contra el auto, con las tetas al aire, la melena agitada. Se abrió las nalgas con las manos. Con mi izquierda la atrapé por el cuello y con la derecha ayudé mi sexo a penetrarla por el culo, primero con el glande presionando lentamente. Ella respiró profundo, igual respiré. Cuando exhaló la penetré completamente. Me recibió con un gritico de dolor y placer. La agarré por las caderas, la apreté hacia mí y le di con todo. Ella se puso una mano en la boca, con la otra mantenía el equilibrio. Se agitó, se meneó, respiró y se vino. Un instante después yo también… Nos echamos al piso temblando, un beso, una caricia y respiros entrecortados.
Encendí la radio cuando regresaba por la autopista. Sonaba «Terrenal», de Dermis Tatú.