Un domingo, en Ocumare de la Costa, mis dos primas queridas, locas y muy alegres, mayores que yo, quizás por dos o tres años, aprovecharon que toda la familia creyente se fue a misa. Entraron al dormitorio de los varones, yo estaba «echao», rendido. El resto brillaba por su ausencia, la fiesta había terminado tarde, dominó, guarapita y baile. Mi noche se había extendido aún más: como a las dos de la madrugada unos besos en el corredor que va de la casa a la playa con una de ellas, y treinta minutos después, en la ducha exterior, besos y caricias sexuales con la otra.
A finales de los 80 pasábamos vacaciones de agosto juntos, íbamos y veníamos, una veintena de primos y amigos cercanos. Convivimos en esos días, teníamos entre 15 y 25 años, y nos repartíamos entre tres casas familiares en El Playón. Mañana y tarde en el mar, en la noche malecón. Muchos, como yo, descubrimos el sexo en esos tiempos.
Dormía en la hamaca plácidamente, entraron y cerraron la puerta. Entre risas me besaron al mismo tiempo, me tocaron, me acariciaron, palparon cada centímetro, me sintieron. Jugaron conmigo, ponían sus nalgas y tetas en mis manos, en mi cara y yo, rendido. Lograron bajarme de la hamaca, y me acomodaron en la cama más cercana, me sacaron el short Sundek, y comenzaron a jugar más en serio, a besar y chupar, se lo metían en la boca y se lo pasaban entre ellas, se intercambiaban los roles, una veía, y la otra enseñaba. Hasta que lograron ponerlo erguido, duro, se rieron, y se preguntaron quién iba de primero… Decidieron con un “piedra, papel o tijera” ganó la más joven y se montó. Comencé a despertarme y la otra se dio cuenta. Comenzó a besarme, a acariciarme, y a decirme que la estábamos pasando divino, que pronto era su turno y que quería que le diera igual, en ese momento caí en cuenta de que eran dos para mí solo. Era la primera vez para los tres. Comencé a acariciarle las nalgas a la que cabalgaba y la cuca a la que estaba al lado, después se acomodó para que se la besara, y así lo hice, se la chupe, y le metí la lengua.
Se cambiaron, se bajó la joven y se montó la mayor del grupo, la menor con la cabellera negra y bucles naturales, la otra cabellera corta y castaño claro, ambas bronceadas con la marca del traje de baño. Una flaca tetona, y la otra con un rabo divino. Yo contaba apenas con 18, y ellas con 19 y 21. Ya había practicado con una de ellas el verano pasado, con la otra sólo besos y caricias, ahora estaban las dos allí para mi, y yo era apenas un principiante.
Tomé fuerzas, la agarré por las piernas, le di la vuelta, quedé sobre ella y comencé a ir con todo lo que tenía. La menor se acostó al lado, y le tocaba las tetas a la otra, y a mi me besaba, después me acarició las nalgas y seguía besándome, jadeábamos todos al mismo tiempo. Cambiamos, la joven se deslizó, la penetré nuevamente, y ahora era la mayor que besaba y acariciaba. Ese amanecer fuimos muy lejos, la primera vez que experimentaba tanto con ellas, mis primas alegres, apasionadas, con ganas de intentar todo. La flaca tetona se vino rápidamente, respiraba profundamente y me apretaba las nalgas con las manos y presionaba con los muslos, se apartó y le dio paso a la culona, esta se puso en cuatro, le agarre las nalgas con fuerza y la penetré, le dije que estaba cerca. La flaca se alegró y se acercó. Se venía la culona, mientras la flaca la acariciaba y besaba en las nalgas. Llegó el orgamos. Se vino batiendo la cabeza, temblaba y soltó un “¡Uy qué divino primos!”. Me aparté lentamente mientras me masturbaba.
Ahora me esperaban ansiosas, faltaba poco, se acomodaron de rodillas frente a mí, una al lado de la otra, viéndome y me fui con todo. salió toda la reserva acumulada, todo el deseo explotó en sus caras, recibieron la leche con ganas, cada una tenía su recompensa, las penetré por la boca, cada una a su momento, me temblaban las piernas, me senté en la hamaca, y nos dimos cuenta de lo que habíamos vivido, nos reímos, nos calmamos, relajados nos apretujamos en la hamaca…
Una hora más tarde, escuchamos la puerta del garaje abrirse, se pusieron los trajes de baño y salieron volando. Me dormí otra vez profundamente, me levanté luego del mediodía, me puse los short, pase por la cocina y me comí un par de arepitas dulces. Mi tía me pilló y me regañó por el bochinche de la noche anterior, me escapé y fui directo a la playa, al paraíso del azul Caribe, del solazo tropical, me metí al mar, ellas estaban allí, con sus bikinis ajustados, embadurnadas de Hawaian Tropic, tomando sol, como si nada. Salí del mar, me sequé a su lado, y el resto de los primos ni imaginaba lo que había pasado. Las invite a jugar raquetas, se levantaron al mismo tiempo, se rieron, la mayor me picó el ojo, y la otra me vio el entrepiernas, no se decidían quien jugaba, así que se vieron y como de costumbre hicieron un “piedra, papel o tijera”.