El Encargo

Nos escapamos dos semanas a la casa de Margarita, por Cimarrón, muy cerca del mar, sin carro, ni teléfono. Fue a principios de julio, cuando no había llegado nadie a la isla. A la casa le hacía falta trabajo, pero tenía lo suficiente para hospedarse y divertirse.

Nuestra relación no era seria, ni podría decirse que estable, pero sin duda en algún momento lo intentamos. Era más bien una relación basada en encuentros fortuitos y aleatorios; la pasábamos muy bien, nos reíamos y nos gustábamos sexualmente.

Ella de origen suizo, pero muy venezolana desde hacía ya bastante tiempo, contemporáneos, comunicadora social, muy amiga y compañera de estudios de una prima. Rubia, de mirada fija y sonrisa pícara, más alta que yo, tetona, de nalgas bellas y piernas largas, para la época era una europea con sabor latino. Hace tiempo ya, ella dejo el país y yo también, le perdí la pista y gracias a mi prima logré contactarla nuevamente.

Me esquivó un par de veces. ¡Nada! Muy parco todo hasta que le envié un relato. Buscó el tiempo para leer, me pidió un segundo, y luego los devoró todos en menos de una semana.

Me confesó que le fascinaban y excitaban, que se había venido un par de veces, que era de lo mejor que había leído en materia erótica, me sentí halagado y feliz. Sorpresa… Me encargó uno, que por favor escribiera algo sobre aquellos días en la isla. Le dije que sí, que sería un placer, pero también, le pedí algo a cambio.

Me fui temprano al pueblo, Él Tirano, a pie, a buscar pescado y para hacer algunas compras, la dejé durmiendo en el chinchorro de la terraza. Tardé un poco más de lo normal, fui a buscar una buena botella de vino blanco para la cena.

Llegué a la casa, silbé y grité un par de veces, no estaba, dejó las llaves en el escondite de siempre, entré y descubrí que no estaba su bolso de playa ni en la cuerda su traje de baño color naranja con cierre al frente del sostén marca Body Glove.

Deposité las compras, abrí una cerveza fría y subí a la terraza. Intenté cuantificar las veces que habíamos tirado en esa semana, me reí, imposible saberlo, me dormí en el chinchorro impregnado de sexo. Siempre me despertaba con una broma, me salpicaba con agua, o me chupaba, o me daba besitos, o me pasaba las tetas por la cara o espalda, soñé con eso. Desperté, y aún no había llegado, bajé, y nada.

Caminé hasta la playa, la busque por los alrededores y nada. Aproveché para darme un baño de mar, luego pasé por el kiosco de empanadas, pedí una de cazón y pregunté por ella, nadie la había visto hoy.

Decidí regresar a la casa. Ya la tarde estaba bien avanzada, el cielo azul con unos tirones naranjas al oeste y dos perros me acompañaban, llegué y escuché la ducha del jardín que da al cerro, me alegré y me tranquilicé, era ella, apenas estaba de regreso. Di la vuelta por el jardín, con cuidado para que no me descubriera, me escondí detrás del muro izquierdo, no había cortina, era al aire libre, los muros no eran altos y apenas justo para dos personas. Ella estaba concentrada en su aseo, que lo gozaba a sus anchas, parada frente al ángulo derecho, se estaba lavando los cabellos rubios, se notaba que había tomado sol todo el día, en su tez blanca el bronceado era rojo, el champú espeso bajaba entre sus voluminosas tetas naturales, ella aún no me descubría. La seguí viendo, se lavó su sexo y estrujó sus nalgas, me dio la espalda, mientras se lavaba la cara, con cuidado tome su toalla, me quité el traje de baño, pasé y me escondí del lado derecho, ella cortó la presión de la regadera, se acomodó la cabellera hacia atrás, tomó un tubo de crema verde gelatinoso y se unto el cuerpo. Qué divino… “que cuidado está teniendo para que yo disfrute”, pensé. Se acarició y frotó por un buen rato, me calenté y me toque un poco.

Ella buscó la toalla en el colgadero del lado izquierdo, escuché “¡Ay no!” Salió emparamada, dando salticos, el culo rosado aún mojado me excitó, me introduje cuidadosamente en la ducha, conté hasta tres y accioné la regadera, escuché “¿quien está allí?” No respondí y asustada gritó “¿eres tú!?”… Saqué una mano y le hice gestos de venir, entró a medias y le vi la cara de pícara engañada, la tomé por una mano, la metí completamente, la besé mientras el agua tibia natural nos acariciaba, sentí sus tetas en mi pecho, nos acariciamos dulcemente, suave. Agarró el jabón y comenzó a enjabonarme, parte por parte, pecho, espalda, brazos, cuello, piernas, culo y entrepierna, me lavó, dejó la ducha apenas abierta, me apoyó contra el muro derecho, se arrodilló y comenzó a chuparme, se lo pasó por la cara, lo apretó y lamió, me dio la vuelta y comenzó a chuparme el culo, su lengua iba de las bolas al culo fácilmente, me giró y se lo metió todo en la boca, ya lo había puesto duro y firme, se saboreó, le vi la cara, me giró nuevamente y subiendo me pasó las tetas desde las nalgas hasta mi espalda, cuando se incorporó completamente me abrazó por detrás, me volteé y ahora fui yo quien la acomodó en el muro izquierdo. Bajé, le subí la pierna derecha, acomodé su entrepierna de vellos amarillo oscuro, de labios rosados y carnosos, limpia y húmeda por el agua. Sí… era más que un simple antojo, se la lamí primero, luego la bese y después la chupé, ella con una mano la abrió más para que yo fuera más adentro, subió un poco las caderas y abrió más las piernas, y susurró “cómetela” y eso hice. La penetré prácticamente con mi boca y le empujé la lengua lo más profundo posible, suspiró de placer, la giré y me incorporé, me puse crema gelatinosa en el pene, dándome la espalda me lo acarició y frotó, la acomodé, le toque las tetas, se las apreté, paró el culo, abrió las piernas y la penetré, se apoyó en el muro, movió la cabeza para quitarse los cabellos mojados de la cara, y comenzó a gemir, la agarré por la cintura y le di con todo, ella recibía agradada, placentera. La agarré por las tetas desde atrás, se movían al ritmo del golpe, la bese en el cuello, la mordí, la apreté contra el muro, con todo mi peso sobre ella, fui lo más profundo que pude y soltó un “quiero verte la cara”. Se volteó, me pasó los brazos sobre el cuello, subió las piernas con la ayuda de mis brazos y mientras la iba recostando al muro la penetraba y ella con la vista firme en mí, respiraba con los dientes apretados y los labios entreabiertos, respiró profundo tres veces, cerró los ojos y se vino, gritó algo en suizo, creo yo…

Fue un orgasmo largo, espaciado y profundo, se relajó, bajo sus piernas y me clavó un beso, cerró la regadera, me pasó las tetas de arriba hacia abajo, comenzó a masturbarme con ellas, me miraba desde abajo, quería verme siempre como me venía, siempre le excitaba verme eyacular, muy cerca estaba su semen, a punto, lo pronóstico y separó las tetas, lo tomó con la mano derecha y se lo metió en la boca, la agarré por la cabeza, la apretujé contra mi sexo, me vine y solté un gemido de placer animal. Cuando ya no quedaba más nada que tragarse, se separó y se acarició el rostro con mi glande, me veía firmemente, esa mirada repleta de placer es difícil de olvidar, tan difícil como olvidar aquellos días en la isla.

P.D.: Ella aún no ha cumplido con su parte, igual la dejaré leer este capítulo, tal vez no se resista más tiempo.

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